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lunes, 17 de mayo de 2010 - 02:08 p.m.
Como muchos mexicanos tengo una estrecha relación con Estados Unidos,
principalmente en su frontera. Ahí creció mi mamá y su familia, por lo
que desde mi hermano y tíos, primos, sobrinos, conocí los mundos de la
línea para acá y para allá. El caso es que –por ejemplo-
los tíos conservaban tradiciones nacionales, se calificaban a sí mismos
de anti gringos y prácticamente medio masticaban el inglés. La siguiente
generación, mis primos, hablan perfectamente inglés y español, no
niegan sus raíces pero están más empatados con la cultura americana en
cuanto a deportes, alimentación y términos. Lo que para mí es una
camioneta, para ellos es una troca. La posterior
generación rompió el molde, a pesar de todavía conservar nuestro
apellido Esquivel. Así los hijos de mi hermano y los de mis primos, son
netamente estadounidenses, a duras penas saben que tienen nexos con
México y no hablan nada de español. Los hijos de ellos son propiamente
del otro Laredo en todos los sentidos. Ya después tuve
contacto con otra frontera y se repetió el fenómeno. Recuerdo el caso de
un tío que tuvo un accidente laboral y la empresa -creo GM- le
ha pagado una pensión extraordinaria durante toda la vida. Él, mexicano hasta
las cachas, decía “si eso me hubiera pasado en México, jamás
hubiera podido lograr lo que aquí”. Sus hijos, entonces, ya crecieron al
cien como american citizen. Esos chicanos, pochos, hispanos,
México-americanos, tienen sincretismos particulares. Son, por ejemplo,
protestantes pero devotos de la Virgen, celebran por igual el 5 de mayo
que el 4 de julio o thanks given, hablan de pesos cuando se refieren a
dólares, le ponen chile a los hot dogs, ven en Univisión a Don
Francisco, las telenovelas de Televisa y American Idol de la cadena
estadounidense, van a los juegos de fut americano de la High School con
playeras del América o Chivas, le van al PRI o al partido Republicano
(porque mi parentela es texana), lo mismo oyen música de banda de los
Tigres del Norte pero defienden a carta cabal la intervención de su país
en Irak. Durante años ha sido una convivencia mutua. Los dueños
de las tiendas saben hablar mexicano y en cualquier mall de lujo
la que nos atiende para fayuquear perfumes franceses se llama
Joanna y no Juanita, como su abuelita. Del lado de aquí también
hay bísnes. En El Paso, la sixteen (calle 16 de
septiembre) está llena de bares (como el Noa Noa) que te cobran las
cervezas en dólares. En Tijuana, la Revolución, es la calle
donde hay prostitución día y noche, donde las chavas (o chavos) te
saludan diciendo hi. No he viajado más allá para saber si en
otras fronteras mundiales hay estos fenómenos culturales, que
comercialmente hablando hacen que entre México y Estados Unidos haya una
amasiato que transcurre entre el amor y el odio. Los mexicanos
de allá surten de dólares a los artistas que llegan para cantar ranchero
o a los futbolistas que van a hacerles el favor de jugar un amistoso
(bueno, más bien a los dirigentes), los estadounidenses se surten de
mexicanos a la hora de ir a la guerra o para los viñedos, los campos de
trigo y la cosecha de algodón. Políticamente hay una reforma
migratoria que permite una relación (más bien ilegal) donde el gringo
paga más por ser mexicano pero menos por ser indocumentado. Las tres
partes salen ganando. La diferencia que ha cambiado todo el
ritual es que antes el primo se iba a talachear del otro lado
para traerse dólares y ahora se queda allá, se casa allá y tendrá hijos
medio agringados y nietos gringos. La gran diferencia es esa.
Los gringos pagaban bien porque sabían que muchos se regresaban a México
y ahora ya no. Ya no porque aquí, a diferencia de lo que
pregona Calderón, no hay empleo por qué regresar. Los mexicanos
se hacen cada vez más gringos y por eso ya ni español hablan. Ya no ven
Univisión sino Fox y ya cuando les preguntan si aceptan que haya
indocumentados, dicen que no. Y se quedan allá porque tienen salud,
educación, trabajo, pensiones,futuro. Alguien debe entender que
cuando se firmó NAFTA o TLC lo que México ofreció a cambio de muy poco
fue petróleo y mano de obra. Con el petróleo venido a menos y
mano de obra ninguneada, poco hay qué pedir. Para los hijos de
mi sobrino, con algo de Esquivel en las venas, México ya está muy lejos,
aunque sólo nos separe un puente. Muchos gobiernos mexicanos
son responsables que allá nos traten como apestados. Cuando se venden
esclavos se corre el riesgo que se conviertan en caciques.
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